La voz temida por los poderosos


10/09/2012

El estudio dos de canal 13, que albergó alguna vez al programa la Entrevista de Raquel Correa, actualmente es el estudio del matinal Bienvenidos. La clásica mesa de vidrio en donde posaron sus manos nerviosas personajes desde Carlos Cardoen hasta Patricio Aylwin, ahora descansa en alguna bodega del canal universitario. Aunque la utilería no está, el espíritu detrás de ella permanece. 

Por Paulina Cárdenas, Camila Pino y Fanny Vega.

Alma de campo, modales de ciudad.

Raquel Correa Prats nació el 8 de junio de 1934 en la ciudad de Santiago. Se crió en las tierras de su padre Alfredo Correa, en Sagrada Familia, muy cerca de Curicó. Fue parte de una numerosa familia de agricultores, compartiendo su infancia con sus 11 hermanos. Elizabeth Subercaseaux, su amiga de toda la vida, recuerda que durante la época en la que Correa no confiaba en nadie, una vez le preguntó a su hermana: “Pollita, ¿qué hago para creer?”. A lo que ella se le quedó mirándola y le dijo: “trágate todo nomás, Raqui, no hay que preguntar.”

Tuvo muy mala relación con su papá, porque de niña la Raqui, como le decían sus más cercanos, fue la hija rebelde de la familia. Cuando era pequeña hizo una huelga de hambre en protesta por las estrictas normas de vestimenta que le imponían a la hora de comer. Adoraba a su madre, Marta Prats. Se enamoró profundamente de su marido, Eduardo Amenábar, con quien estuvo casada durante 40 años. Y para qué decir de su único hijo, Juan, el cual amó hasta el último momento. Él fue la mitad de su vida, la otra mitad fue el periodismo.

Vida universitaria.

Siempre tuvo una fuerte atracción hacia el periodismo, a pesar de que ya entrada en la adolescencia Raquel estaba completamente segura de que su pasión era el teatro. Debido a esto, a los 17 años ingresó a la academia de Hugo Miller, lugar donde aprendió las técnicas actorales durante dos semestres. En ese período, participó en la obra Esquina Peligrosa como reemplazo de la actriz principal. Este estreno marcó su única trayectoria profesional en la dramaturgia, pues la oposición de su familia logró que terminara abandonando la actuación para ingresar a psicología en la Universidad de Chile.

Al descubrir que la psicología nunca fue lo que quería, finalmente se dio cuenta de su innegable amor por el periodismo. Siguiendo su sueño, se integra a la Escuela de Periodismo de la misma universidad, lugar donde conoció a muchos personajes emblemáticos del oficio, entre ellos al periodista Abraham Santibáñez. “Yo la conocí el día que realicé el examen de ingreso […] como era un test fundamentalmente psicológico, ella jugó más bien el rol de ayudante que de una persona que estuviera rindiendo el examen de admisión.”

Cuando cursaba tercer año de periodismo, Lenka Franulic, quien fue su principal modelo a seguir a lo largo de toda su carrera, la convocó para participar en un programa dedicado a mujeres en la Radio Minería, llamado Apuntes. Desde ese momento Raquel Correa destacó por su amor y respeto por la justicia, además de su impecable objetividad y agudeza, logrando que cualquiera de sus entrevistados sucumbiera ante sus habilidades. Ese estilo lo mantuvo durante sus 40 años de experiencia, señalando que “tú puedes imitar un estilo fuerte, un estilo suave, cariñoso, amable, una forma de preguntar más humana. Es saber proponérselo, pero uno tiene que ser como es.”

Correa tuvo sus inicios en la prensa escrita en revista Vea, ejerciendo el rol de reportera y escalando posiciones hasta llegar al puesto de directora. Trabajó en este medio durante 15 años. Paralelo a la revista ingresó a canal 13 en el año 1964, realizando una sección de entrevistas en Mientras otros duermen siesta. Tras varios años condujo uno de los programa más emblemáticos de la historia del periodismo chileno: De cara al país, además de protagonizar su propio programa: Entrevista con Raquel Correa.

“Yo soy la opinión pública”.

El Régimen Militar protagonizado por las Fuerzas Armadas fue una etapa en la cual el periodismo estaba muy acotado a los temas que estaban a favor de la junta. Sin embargo, Raquel nunca siguió esa línea, pues sus entrevistas siempres fueron al filo de lo correcto para aquella época. Tanto así que mientras trabajaba en canal 13, fue llamada a una de las oficinas de la junta militar, en donde un grupo de marinos la esperaba para comunicarle que tras hacer un análisis a las entrevistas realizadas por la periodista, llegaron a la conclusión que estas no conducían a los objetivos planteados por el régimen. A lo que la audaz periodista, tras un pequeño silencio, respondió: “Qué bueno, porque la verdad es que yo no estoy por los objetivos de la junta militar.” Tras esa atrevida respuesta, agradeció la invitación y se retiró a paso firme del lugar.

Su rebeldía se siguió demostrando mientras trabajaba en El Mercurio durante parte de la dictadura. No se vio limitada por la represión y censura a la que gran parte de los periodistas estaban viviendo. “Pude trabajar con mucha libertad y fui muy respetada durante muchos años”, comentó años después.

Fue en esta parte de la historia de Chile donde Correa se lució en su rol de entrevistadora. La más recordada de todas fue en el programa de Canal 13 De cara al país, en la cual se ve a un Ricardo Lagos muy enojado alzando el dedo a Pinochet, y a una Raquel Correa muy nerviosa: “no me gustó que se arrancara con los tarros, porque mi formación me obliga a conducir la entrevista”, señaló. A pesar de ese momento incómodo que vivió durante el programa, al referirse al tema en una entrevista tiempo después, la periodista comentó: lo encontré genial cuando me dijo “Me va a excusar Raquel, pero hablo por 15 años de silencio”. Ahí no lo interrumpí más.

“Yo soy la opinión pública”. Con esta frase respondía la periodista cuando tenía que entrevistar a una persona que fuera controversial en la sociedad, como fue el caso de Manuel Contreras y Augusto Pinochet, ambos conocidos por los crímenes cometidos durante la dictadura. Este último fue el que más llamó la atención tanto de Correa como de su colega Elizabeth Subercaseaux, coautora en el libro Ego Sum Pinochet. “Fue muy difícil entrevistarlo porque era como estar frente a una roca”, recuerda Elizabeth.

La faceta de actriz sirve a la hora de hacer entrevistas.

Antes de iniciar una entrevista, Raquel era de esas personas que le gustaba tener todos los detalles de la vida del personaje al que iba a entrevistar. Es por esto que se documentaba con anticipación para poder realizar un trabajo completo. No obstante, momentos antes de realizar la conversación pasaba por una crisis de nervios, la periodista de la vida diaria, tímida y cálida, se hacía más presente que nunca. Pero al momento de cruzar la puerta que la conducía a su entrevistado, se transformaba en la Raquel periodista: punzante, dura y con preguntas que iban directo a la yugular. Solía comentarle a sus alumnos: “hay que preguntar, aunque sea una pregunta difícil tienes que hacerla. Tírale toda esa responsabilidad al entrevistado y él verá cómo te responde.”

En su trabajo no era de las que leían libros acerca del nuevo periodismo de Wolfe, pero era una experta a la hora de aplicarlas. Esto se ve reflejado en sus descripciones de los personajes siempre notables, su capacidad para poder recrear ambientes y el poder reproducir diálogos simbólicos.

Aportes al periodismo chileno.

Raquel Correa marcó a varias generaciones de periodistas y al público en general, quienes por sobre todo destacan su forma de entrevistar, que a pesar de ser dura y confrontacional, nunca favoreció o perjudicó de manera intencional a los entrevistados, sino que buscaba la verdad por sobre todas las cosas.

Así lo confirman las periodistas Macarena Gallo y Elizabeth Subercaseaux. “La forma de entrevistar, de apretar a los entrevistados en el momento justo, yo creo que nadie lo ha hecho. Raquel sabía cuándo debía intervenir, y de ahí los dejaba hablar, hay que tener talento para poder hacer eso”, aseguró Gallo. “La obra más importante de Raquel fue dejar una impronta inolvidable de lo que significa ser una periodistas cabal, que respetó durante toda su carrera profesional no solamente la ética, que debe acompañar siempre la labor periodística, sino la libertad de expresión, por la cual, ella, hubiera dado hasta la vida”, finalizó Subercaseaux.

 

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