Patricia Verdugo: La periodista que desvistió a la dictadura


13/01/2008

Con valentía y dedicación logró comunicar bajo el régimen de la censura lo que muchos no se atrevieron a decir. Una voz que Chile extraña; pero que también recuerda, admira y sigue leyendo.

Por Valentina Muñoz y Benjamín Espina

El 13 de enero de 2008 el periodismo chileno sufrió una de sus mayores pérdidas con el fallecimiento de la periodista y escritora Patricia Verdugo, quien dejó un legado en lo investigativo y narrativo del que no podemos ser indiferentes. “La Patricia fue una heroína nacional”, recuerda su ex esposo Edgardo Marín.

Como es común entre los personajes emblemáticos de nuestra historia, la de Patricia Verdugo es profundamente interesante desde el seno de su familia. En un período de indubitable agitación política, las divisiones de linaje se tradujeron en más de un final fatal. Para entrar a ese detalle primero vale la pena remontarse tiempo atrás en su vida personal.

No deja de llamar la atención el hecho de haber crecido en uno de los colegios más prestigiosos de la elite chilena: hasta tercero básico cursó en el Nido de Águilas, años en los que denunció conductas indebidas de un religioso. Para ese entonces ya manifestaba indicios de un carácter fuerte que terminó de desarrollar en el Liceo 9, donde tuvo un activo rol estudiantil. Entre ambos establecimientos vivió el contraste de clases sociales, agudizando su sentido de justicia e igualdad. Ingresó a la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, sin dejar su liderazgo. De hecho participó en la famosa toma de su casa de estudios en 1968, entre otras movilizaciones.

Poco después se casó con su colega Edgardo Marín, quien destaca como uno de los mejores periodistas deportivos del país. Seguido de esto trabajó como relacionadora pública de la Escuela Militar, pero a los pocos años renunció para dedicarse de lleno al periodismo escrito.

Su familia era politizada. Su tío paterno y hermano menor pertenecían a las Fuerzas Armadas. Simultáneamente, su padre militaba en la Democracia Cristiana, lo que, al igual que muchos otros, le costó la vida. La situación de los 70 no tardó en dividirlos. En 1971 falleció su primogénito a causa de una enfermedad, seguido por su segunda hija, quien murió años más tarde.

Patricia nos dejó más de 40 años de trabajo. “Fue serio, profundo, impecable en la técnica periodística, estéticamente bien desarrollado”, sostiene Eduardo. A comienzo de 2008 falleció producto de un cáncer de vesícula biliar, despertando numerosos homenajes y condolencias del periodismo chileno, internacional e instituciones de los DD.HH.

Su legado

Pese a sus dolorosas pérdidas, Patricia no dejó de trabajar. Incluso podría decirse que comenzó a hacerlo con más fuerza. Según Edgardo -su esposo de aquel entonces-, fue la muerte de su padre lo que determinó la decidida lucha de Patricia en ese caso particular y todos sus similares perseguidos por la dictadura.

Entre 1974 y 1977 escribió de lleno en la revista Ercilla. Posteriormente y hasta 1990, se desempeñó en la revista Hoy, momento en el que emigró a la revista Apsi. En ellas debió aprender a informar bajo la ley de la censura y desafió con dura voz a importantes personajes de la vida pública, o bien les dio un espacio a los discursos polémicos. Cabe recordar, por ejemplo, la conocida entrevista a Eduardo Frei Montalva. “Si están tan seguros, dice, ‘por qué no confrontan su modelo en un plebiscito libre y con alternativas… por qué se niegan a discutir sus hechos y sus cifras… por qué no permiten que hablemos en televisión’ (…)”, se leía en la bajada del artículo publicado en la revista Hoy ad portas de las votaciones.

Sin dejar el encause ni abandonar la pregunta “¿dónde están?”, Verdugo mantuvo una línea decidida, en la que con una notable investigación y buena pluma –destacaba su narrativa descriptiva, literaria y atrevida-, no sólo escribió artículos y reportajes, que por cierto, no fueron menos. Además de eso Patricia es una de las autoras más leídas de la literatura nacional.

Podría hacerse una colección de libros denunciantes escritos por la periodista en plena represión. El primero fue “Detenidos desaparecidos: Una herida abierta”, a fines de los setenta. Tras eso recibió las primeras amenazas. En cuanto al asesinato al sacerdote André Jarlan, líder de población y muerto en una protesta, escribió “André de la Victoria”. Con un tono similar denunciaban las líneas de “Quemados Vivos”. El más personal fue “Bucarest 187”, en el que investiga el asesinato de su propio padre. Aquellos son sólo algunos ejemplos entre tantos otros textos.

Quizás la más citada de sus obras siempre será la “Los Zarpados del Puma” (1985), una joya del periodismo investigativo nacional sobre la “Caravana de la muerte”. En 316 páginas relata la brutal operación de un helicóptero militar que ejecutó colectivamente a 72 prisioneros políticos durante la dictadura de Augusto Pinochet. El libro, comparable a testimonio de holocausto, se vendió como pan caliente en las calles de Santiago y viralizó en el mercado pirata. Se estiman más de cien mil ejemplares vendidos de editorial. “Mi libro fue una prueba clave en España y después pasó a ser el sustento de la investigación judicial del juez Juan Guzmán”, comentó una década más tarde a un medio argentino.

Su aporte fue multidimensional. En lo narrativo siempre hay uno, claro. Se ha comentado ya. El punto es que más allá del boom editorial que hayan alcanzado, las obras de Patricia Verdugo cumplieron una función judicial. De allí a que hayan sido tan importantes para la memoria chilena, tanto en los corazones de la gente como en los procedimientos estatales. “¿Por qué, desde el periodismo, se investiga sobre los derechos humanos?”, se preguntó una vez. “Para ayudar a buscar la verdad de lo ocurrido, caso a caso… para ayudar a hacer justicia, caso a caso…”, se respondió. Como buen trabajo periodístico, cumplió con este objetivo informativo de doble filo, culminando con el callado “qué” de la verdad en una época cuando pronunciarla podía costar la vida.

Edgardo confirma el miedo sentido por ambos, pero no detalla las amenazas. Fueron varias, eso sí. Desde la primera de sus publicaciones, que por cierto y pese a la adversidad, no cesaron. Con la llegada de la democracia tampoco. Al igual que al final de todo período de violación a los derechos humanos, le siguió un fase de exploración, reflexión e investigación. En ese sentido la labor de Patricia, como ya se ha mencionado, fue fundamental. De escribir no dejó.

Algunas de sus columnas más destacadas fueron Pinochet y el miedo (2006), Mistral Lesbiana (2007), De cómo sigue doliendo, esta última como carta. “Si usted, general Pinochet, lo supiera…”, repite varias veces en ella. Bastan los títulos para darse cuenta de la osadía con la que escribía.

En 1993 recibió el premio Maria Moors Cabot, considerado como el más importante de Estados Unidos hacia los periodistas extranjeros. La distinción nacional la recibió cuatro años más tarde, en 1997, cuando se le otorgó el Premio Nacional de Periodismo. En el 2000 se adjudicó el premio LASA, otorgado por la Latin American Studies Association. Si bien estos méritos no son para nada menores, existe cierto aire de insatisfacción en cuanto a distinción sobre su extensa labor.

“Nadie, en el periodismo, se la jugó tanto como ella. Arriesgó la vida. Y cuando volvió la democracia los reconocimientos que recibió fueron más internacionales que nacionales. Ni siquiera tuvo lugar permanente en la televisión. Y no hay en estos días un premio que lleve su nombre”, lapida Edgardo. Cierto es que no existen premios a su nombre, pero sí una gran admiración por parte de los chilenos, incluyendo a importantes personajes de la vida pública nacional.

“El legado que dejó Patricia Verdugo es el que invita a alegar por tus derechos, a movilizarte, porque la inspiración que te dan los escritos de ella te invitan a dejar de tener miedo por lo que lleguen a pensar los demás”, reflexiona Javiera Olivares, presidenta del Colegio de periodistas, con quien tiene más en común que sólo su calidad profesional: ambas son mujeres líderes del periodismo chileno. De hecho, Patricia también fue cabeza en lo gremial: en 1983 asumía como presidencia del Colegio Metropolitano de Periodistas junto a María Olivia Mönckeberg.

“El trabajo de Patricia Verdugo fue algo admirable, fue una mujer que investigaba todo lo necesario con tal de entregar un buen trabajo, inspiró muchas generaciones de periodistas que pueden ver hoy en la actualidad”, manifiesta su excolega María Olivia, quien llama a darle un mayor reconocimiento. Si estuviese viva, quizás Patricia haría como María Olivia: seguramente se desempeñaría en las aulas universitarias enseñando cómo ser periodista, enseñando de ética, enseñando de comunicación y de experiencias. Sigue enseñando, claro, pero la diferencia de la realidad es que lo hace de otra forma, y esa es su legado.

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