El Peneca: Los niños protagonistas en un mundo de adultos


23/11/1908

En una agitada historia que fue testigo de grandes logros, pero también de períodos menos prósperos, este semanario infantil logró convertirse en la revista para niños y niñas más popular de Chile

Por Camila Oliva y Carlos Tuñón

¿Conoce el dicho “tiene más historias que Quintín”? Si la respuesta es sí, es probable que algún familiar o conocido suyo, haya leído alguna vez la popular revista infantil El Peneca. Esta publicación que se encargó de entretener y educar a los niños a través de las diferentes aventuras que vivió su personaje más insigne, Quintín.

Había una vez…

Durante las primeras décadas del siglo XX y gracias al surgimiento del periodismo moderno en Chile, se vivió un auge por la publicación de revistas, la mayoría editadas por Zig-Zag, cuyo dueño, en ese entonces, fuera el mismo de El Mercurio de Santiago, Agustín Edwards Mac-Clure.

Con ello, la edición de material destinado a un grupo específico de lectores no se hizo esperar y nacieron revistas dedicadas a diferentes sectores, como una para los más pequeños de la casa: El Peneca.

El Peneca representa la primera manifestación de la literatura dedicada a los niños y jóvenes que surgiría en nuestro país. Un semanario lleno de historias y aventuras que sus ávidos lectores esperaban con ansias descubrir cada sábado, durante 52 años comprendidos entre 1908 y 1960.

Primeros años

El Peneca nació en el año 1908 bajo el alero de la editorial más importante y con mayor renombre de la época, Zig Zag, durante sus primeros años fue dirigida por Enrique Blanchard. Era publicada cada sábado y tenía un valor de 10 centavos.

Su principal atractivo radica en que fue una fuente de educación y entretención para los niños, ya que eran ellos su público objetivo. En sus inicios era posible encontrar a través de sus páginas diversos temas, siendo los principales las historietas llamadas didascalias, las que eran dibujos con el texto debajo de cada escena representada y cuyo propósito era divertir y entregar una moraleja a los niños derivada de los hechos expuestos. También incluía juegos de ingenio, notas científicas explicativas, folletines literarios y material escrito y enviado por los lectores de mayor edad, ya que la revista a pesar de ser destinada principalmente a los niños, incorporaba además temas de interés general e histórico.

La portada de este semanario, traía escrito El Peneca, semanario ilustrado para niños que si bien al comienzo era en blanco negro, de igual forma resultaba llamativa e interesante para el público ya que contenía una imagen, dibujo o fotografía a página completa seguido de una frase exclamativa que cambiaba edición tras edición que simbolizaba el eslogan de la publicación, sumado a un párrafo poético o el trozo de alguna canción que explicaba la fotografía.

El ejemplar número 59 del 3 de enero de 1910, aparece esta estrofa en la portada; “Apenas crece la chiquitina, apenas pasos medrosos da , ya cazar quiere, los pajarillos con el sombrero de su papá”, ilustrado con la fotografía de una niña con un sombrero en sus manos que observa un grupo de aves comer.

Breve decaída

El año 1911 significó un período oscuro para la revista. La circulación comenzó a disminuir porque se comenzó a cuestionar la calidad de su contenido, en vista de esto y para reflotar el semanario, la dirección de la revista  cambió, pasando a manos del sacerdote  Emilio Vaisse, quien firmaba bajo el seudónimo de Omer Emeth “el que dice la verdad”, y que traía consigo nuevos aires a la revista debido a que decidió implementar secciones en las que el público participaba activamente enviado contenido para publicar en ella.

La edad de oro

Luego de la abrupta caída que había sufrido en su nivel de ventas, la revista debió reestructurarse para salir a flote, tras lo cual tomó su conducción Elvira de Rosas (de seudónimo Roxane), dando paso a la época dorada de la revista, en la década de 1940.

Basta leer cualquier edición de esos años para percatarse del buen momento que gozaba la publicación. En este caso, se abarcará de la edición 1803 a la 1813, o sea, de Abril a mediados de Junio del 1943. La primera característica de este Peneca, ya a color, es su portada: Una caricatura a tapa completa, diferente en cada una de sus ediciones. En la 1803, esta se centra en dos niños que aparecen jugando.

El Peneca se caracterizó por la versatilidad de sus dibujantes, en especial uno que formó parte de esta época dorada: Coré, quien diseñara gran parte de las caricaturas y significara una fuerte influencia para dibujantes posteriores.

Durante esta década, El Peneca constaba de 17 páginas. En las primeras tres páginas se ubica una historieta que culmina en las últimas páginas de cada edición. Este ejercicio de contar las historias entrecortadas fue un recurso ampliamente utilizado por el semanario, algo a lo que se le puede atribuir su éxito, ya que semana a semana jugaba con la expectación de los más pequeños.

El resto de la revista es historia. Literalmente historia, porque de entre sus páginas emergen casi únicamente fábulas, cuentos, historietas, entre otras. Las cifras evidencian este éxito: Más de 200.000 ejemplares semanales en circulación, los cuales llegaban a cruzar las fronteras hacia otros países latinoamericanos, en especial Perú y Venezuela.

A través de estas ediciones, los pequeños descubrieron los misterios de “La Isla Verde”, lucharon junto al ejército para mantener a salvo “El Rubí de Ra Tael”,  acompañaron en su solitaria travesía por el planeta a “Pancho y Pincho”, se expectaron con las vivencias de “Sandar, El Titán”  y se encantaron gracias al mágico mundo de “Mónica y los hongos”, entre otras aventuras que semana a semana se desarrollaban entre sus páginas.

Gran parte de aquellas obras eran traducciones o adaptaciones de relatos extranjeros. Además, se incluyen obras narrativas de renombre, por ejemplo, durante estas diez ediciones “El Cisne Negro” de Rafael Sabatini. Por otra parte, El Peneca contribuyó al aprendizaje académico de los jóvenes, gracias a la publicación de relatos alusivos a personajes históricos. Por ejemplo, en la edición 1803 se encuentra una fábula referente a la vida de Abraham Lincoln.

En todas las ediciones existen tres hojas exentas de cuentos o narraciones: Una de poemas y poesías enviadas por lectores, otra denominada miscelánea, en la que se encontraban los concursos realizados por la revista, cuya mayor parte consistía en enviar retratos o resolver acertijos lingüísticos. Por ejemplo, en la edición 1803 venía incluido  un concurso de sinónimos de la palabra “vela”. Entre quienes acertaran se sorteaba un  monto de dinero. Esto puede significar otra de las claves para el éxito de El Peneca: El hacer partícipes de los contenidos publicados a sus lectores.

La última página siempre incluía un rompecabezas y un solucionario de los acertijos publicados en ediciones anteriores.

Final y legado

Lamentablemente, luego de una fuerte caída en las ventas durante la década de 1950, precipitada por la distribución de revistas anglosajonas traducidas al español y por la muerte de Coré y Roxanne, el Peneca apagó sus motores en el año 1960. Volvería por un corto período entre 1971 y 1972, pero al ver nuevamente números rojos culminó definitivamente.

El Peneca es a la literatura infantil chilena lo que el big bang fue para la creación del universo: Significó el inicio de todo. Este semanario resultó ser la primera revista que existió en Chile que tuvo como público a los más pequeños del hogar. Un puntapié inicial para la posterior masificación del género con revistas como Mampato y Condorito. Su importancia ha sido reconocida por personajes como Mario Vargas Llosa, quien declaró que aprendió a leer con El Peneca, hasta Gabriela Mistral, cuyas primeras obras fueron publicadas en la revista.

El término de El Peneca, lejos de representar el fin de una historia, se puede clasificar como la mayor parte de las historias que entre sus páginas tuvieron cabida: …continuará, ya que su legado, contrario a desaparecer, aún palpita intensamente en todo espacio destinado a los más pequeños que sea exhibido por algún medio de comunicación en nuestro país.

Ahora, al ver programas como 31 Minutos, deberemos recordar que aquel estudio de televisión es el equivalente actual a la jungla de la isla verde, los desiertos de Sandar el Titán o el gigantesco jardín por donde se desplazaban Mónica y sus Hongos.

El refrán debería replantearse, ya no ser “tiene más historias que Quintín” , sino que declarar “tiene más historias que El Peneca”. Y como se despidiera Roxanne en su época dorada: “Lectorcito: Dile a tu mamacita que no deje de comprar la bonita revista”.

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